Colección de memorias en abandono: Miraflores
- Revista Chasqui
- 11 jul 2025
- 3 min de lectura
Uno de los camposantos de Trujillo más importantes, muestra una preocupante desatención por parte de sus autoridades.
Por: Marco Guevara Vidarte y David Porturas Aguilar

El Cementerio General de Miraflores, en Trujillo, aparenta ser un lugar cuidado y respetado.
Desde la entrada, los mausoleos de mármol y las flores recién puestas dan una imagen ordenada, pero eso no representa la realidad. Al caminar por los pasillos interiores, lo que se encuentra es deterioro, abandono y desinterés por parte de las autoridades municipales.
Muchos trabajadores coinciden: las únicas mejoras han sido estéticas y superficiales. Lorenzo Valdés, personal de limpieza, lo resume sin rodeos: “Hace meses que la municipalidad nos ha dejado de lado. Los únicos cambios que he visto han sido flores y nombres nuevos en las sillas. Para nosotros, los trabajadores, no ha habido ninguna mejora. No tenemos ni pasaje, ni herramientas, ni seguridad”, afirma, mientras recoge restos de velas viejas con una escoba desgastada.
El contraste es evidente. En el pabellón que da la cara a la imponente avenida Miraflores, con las tumbas de los personajes más conocidos y representativos de la historia de Trujillo, hace parecer que todo está bien. Sin embargo, apenas se avanza a las zonas más antiguas, el panorama cambia: lápidas rotas, estructuras colapsadas, maleza y basura acumulada nos advierten que no todo lo que brilla ahí es oro. Fabián Rivera, vigilante del cementerio, dice que trabaja con lo mínimo: “No tenemos radio, ni linterna, ni apoyo. La iluminación es deficiente por las noches. Ya hubo accidentes con algunas personas que usan las escaleras, pero a nadie le importa. Este lugar está olvidado”, señala.
En medio de esta situación, una tumba llama la atención: la de José Ignacio Chopitea, cuyos restos descansan bajo un mausoleo moderno, de mármol blanco, que sobresale en medio del descuido general. Es tan imponente como misterioso.
Pero no es la única historia curiosa que guarda este camposanto. En una sección alejada, los devotos siguen visitando la tumba del llamado "Chinito milagroso", Mauricio Walbroch, un inmigrante chino al que se le atribuyen favores de todo tipo. Según testimonios recogidos en visitas guiadas, algunos estudiantes le dejan cartas antes de postular a la universidad, convencidos de que su espíritu ayuda a quienes lo necesitan. Estas leyendas conviven con el óxido de las rejas y el silencio de las zonas olvidadas.
También descansan aquí personajes como Víctor Raúl Haya de la Torre y el expresidente Luis José de Orbegoso. La tumba de este último está vacía: sus restos fueron trasladados años atrás. Solo queda el monumento, envejecido, como símbolo de una memoria nacional que también parece haber sido relegada.
El caso de Chopitea parece ser la excepción. La mayoría de tumbas están abandonadas; algunas ya no tienen ni nombre visible. Muchas familias han dejado de visitar por miedo o por no encontrar ayuda al momento de querer ubicar los restos de sus parientes. El cementerio refleja una situación que se repite en otros espacios públicos: se invierte en lo que se ve, pero se descuida lo que importa. Los trabajadores no tienen condiciones dignas, los servicios son mínimos y la seguridad es insuficiente. Mientras tanto, se inauguran nuevos pabellones para dar una imagen de modernidad que no se sostiene.
El abandono no es solo visible: se escucha en cada testimonio recopilado, se observa en cada uno de los pasillos existentes, se siente en la rutina de quienes siguen trabajando entre muertos olvidados por los vivos. La historia, la fe y la memoria están presentes, pero sobreviven entre el mármol brillante y las estructuras colapsadas, en un cementerio donde las autoridades miran solo la fachada, y dejan que lo esencial se derrumbe.



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