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Venezolanos que cruzaron fronteras

  • Foto del escritor: Revista Chasqui
    Revista Chasqui
  • 10 jul 2025
  • 5 min de lectura

Dejarlo todo atrás no es fácil, pero a veces es la única opción. Estas historias reflejan el dolor de partir y la fuerza de comenzar de nuevo lejos de casa.

Por: Lucia Reyes Aguilera y Kahory Solano Carrión

LARGO CAMINO. Extranjeros escaparon de la crisis de su país.
LARGO CAMINO. Extranjeros escaparon de la crisis de su país.

En Trujillo abundan las historias de personas que han hecho de esta ciudad su segundo hogar. La mayoría llegó empujada por la necesidad, no por elección. Dejaron atrás su tierra, sus costumbres y su familia, arribando con una maleta cargada de sueños y temores. En cada rincón de esta urbe hay relatos de lucha, de adaptación y de esperanza. Historias como las de Eliandrys, Norelys y Jhankary, tres migrantes que, aunque llegaron en momentos distintos y con vivencias propias, comparten algo profundo: el dolor de dejarlo todo y la valentía de empezar de nuevo.

En 2019, con apenas 14 años, Eliandrys González dejó algo más que un país; dejó su hogar, sus amigos, sus costumbres y toda su vida. Junto a su familia tomó una de las decisiones más difíciles que un adolescente puede enfrentar: migrar. Venezuela, golpeada por una profunda crisis política y económica, ya no les ofrecía el futuro que soñaban. “Tomamos esa decisión, ya que sabíamos que tarde o temprano nuestra calidad de vida iba a empeorar”, recuerda Eliandrys. Sabían que, de quedarse, su situación solo empeoraría, así que se prepararon para partir en búsqueda de un nuevo futuro.

Durante el primer año, pensó muchas veces en regresar. Pero, poco a poco, el tiempo y las nuevas experiencias le enseñaron a construir algo parecido a un hogar lejos de casa. Hizo nuevos amigos, gracias a los estudios, la iglesia que frecuentaba su madre y algunas actividades deportivas. Hoy, Eliandrys trabaja en un restaurante en Laredo, aunque todavía sueña con alcanzar nuevas metas. Su historia refleja algo profundo: la capacidad de resiliencia que muchos migrantes llevan consigo. Cuando se le pregunta qué significa hogar, ahora responde sin dudar: “Comodidad, amor y tranquilidad”. Aunque sus seres queridos son lo que más extraña de Venezuela, ha encontrado en Perú un espacio para seguir creciendo, soñando y viviendo.

En 2018, Norelys Castillo, madre de 32 años, también dejó su país natal, Venezuela. La despedida es una memoria imborrable para ella. Aún en sus ojos se puede ver la tristeza al decir adiós a sus hermanos, pero sobre todo a su padre, a quien estaba muy unida. “El camino fue muy largo y difícil, sentí que no podía más. Junto a mis hijos partí en un viaje que se extendió por ocho largos días”, expresa con gran pesar. Cruzar fronteras, para ella, no fue solo un acto físico; fue un recorrido emocional lleno de sacrificios y desafíos.

Al llegar a Perú, la mezcla de emociones la abrumó. La alegría de reunirse con su esposo, a quien no había visto más de un año y medio, contrastaba con la tristeza por la distancia de su familia. Norelys sintió que comenzaba una nueva vida, pero las costumbres diferentes la hacían sentir distinta, fuera de lugar.

Hoy, Norelys trabaja como cajera en una panadería, un giro drástico en comparación a su vida en Venezuela, donde tenía una carrera como educadora. Aunque al principio el sueño de seguir con su carrera parecía perdido, Norelys encontró un nuevo propósito y comenzó a forjar amistades que le brindan apoyo. El anhelo de volver a estudiar resurge con fuerza, no solo por ella, sino por la promesa de un mejor futuro para sus hijos.

En un pequeño salón de belleza, en El Virrey, en el corazón de Trujillo, está Jhankary Lípez, sentada junto a la ventana, mirando el ir y venir de las personas, con una sonrisa reservada para quien cruce la puerta. Jhankary llegó al Perú en 2017, con apenas 19 años. Como muchos venezolanos, se vio en la necesidad de huir de la tierra que la vio nacer. Era consciente de la crisis que acechaba a su país y no tuvo otra opción que alistar sus maletas y partir. “La mayoría de personas que salimos de Venezuela es por la situación económica, por buscar nuevas oportunidades”, manifiesta con gran pesar.

El viaje fue el primer desafío. Lo tedioso del camino no se comparaba con la angustia de no saber qué le deparaba el futuro. La incertidumbre creó sentimientos que solo se apagaban con la idea de la propia supervivencia. “Venimos a las justas económicamente; o era pagar los pasajes o eso nos alimentamos los cinco días hasta llegar a Perú y poder alquilar algo”, confiesa. Para ella, la meta era clara: construir una vida lejos de su tierra.

Al llegar a Perú, la nostalgia la invadió. “Sentí tristeza, era todo nuevo. No sabíamos a dónde ir, caminar, buscar trabajo, cómo hablar o explicar lo que queríamos”. Al principio, la idea de regresar era una forma de evitar la tristeza y la frustración.

Sin embargo, pronto encontró consuelo en su propia reflexión: “No, por algo llegaste hasta aquí, por algo tomaste esta decisión”.  Se repetía cada noche cuando la incertidumbre crecía. Su principal objetivo era traer a su hijo, ya que había llegado acompañada de su pareja. Por ello, dedicó sus esfuerzos al ahorro, con la esperanza de reunir lo necesario. Ocho meses después de su llegada, emprendió el viaje de regreso a Venezuela para volver con su hijo. Jhankary comenzó trabajando en diversos oficios, vendiendo productos en la calle, como anfitriona y ayudante de cocina. “Uno hace lo que sea necesario para salir adelante”, solía repetirse cuando las noches se hacían largas y las dificultades parecían no tener fin. La adaptación no fue fácil y la incertidumbre sobre el futuro la acompañaba constantemente.

Con el tiempo, las circunstancias mejoraron. Su ingreso a una academia de maquillaje marcó un punto de estabilidad y la posibilidad de un futuro más claro. Hoy, es la CEO de un salón de belleza y spa, un logro que representa mucho más que éxito empresarial: es el resultado de años de esfuerzo, sacrificio y convicción. “Cada día seguimos luchando, seguimos creciendo”, dice con una sonrisa que refleja todo lo que ha construido.

Para Jhankary, la palabra hogar significa amor, confianza, sinceridad y honestidad. Aunque Venezuela siempre ocupará un lugar profundo en su corazón, en Perú ha comenzado a construir un nuevo hogar con su esposo y sus hijos.

Como muchos otros, estos testimonios son muestra de la valentía que implica empezar de nuevo. Eliandrys, Norelys y Jhankary han aprendido que el hogar no siempre es donde nacimos, sino donde elegimos seguir luchando por nuestros sueños. En cada paso y en cada historia hay memoria y resistencia, porque construir un nuevo hogar también es una forma de seguir amando lo que se dejó atrás.


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