La Hermelinda: Caos, peligro, e informalidad
- Revista Chasqui
- 10 jul 2025
- 4 min de lectura
Informalidad, desechos e inseguridad son los problemas con losque conviven más de 1500 comerciantes de este centro de ventas.
Por: Jefferson Pérez Giraldo y Esteffany Asto Rodríguez

Desde las primeras horas del amanecer, un río de gente comienza a desbordarse en los alrededores del mercado La Hermelinda. Cargadores sudorosos empujan carretillas cargadas de frutas y verduras; mujeres promocionan sus productos a todo pulmón y los aromas de la cebolla, el cilantro y la carne recién llegada se huelen en el aire.
La Hermelinda es, sin duda, el gran pulmón comercial de Trujillo. Un mercado que, en sus orígenes, era apenas un improvisado espacio de intercambio, donde comerciantes de la sierra llegaban a pie o en mulas para vender sus productos. Hoy, más de 50 años después, ese pequeño espacio, se ha convertido en el punto de comercio más importante de la ciudad, albergando a 1,575 comerciantes formales y cerca de 10,000 vendedores informales en sus calles aledañas, moviendo más de tres millones de soles cada día.
Avanzamos entre los puestos, a pasos cortos, esquivando carretillas, charcos y bolsas negras reventadas. Es imposible ignorarlo, este lugar se ha extendido sin orden ni planificación.
El olor a desechos se nos pega a la ropa y nos sigue en cada pasillo. La vitalidad de La Hermelinda es indiscutible, pero también su abandono. Basura acumulada, calles saturadas de mototaxis y humo, montañas de residuos orgánicos, debido a las 150 toneladas diarias de basura que se generan al día en este centro de ventas.
“Los ambulantes dejan la basura donde sea y se van. Eso nos perjudica a todos, el mal olor a veces es insoportable, nos llenamos de moscas”, comenta Teresa Segura, una vendedora de abarrotes, que trabaja 20 años en el mercado. A unos metros de ella, Marlene, una ambulante de verduras nos responde: “Nosotros también queremos trabajar en orden, el municipio es el que debería encargarse de la basura y también darnos un sitio digno. Si nos persiguen en vez de ayudarnos, ¿Cómo quieren que mantengamos la limpieza?”.
La avenida Federico Villarreal, principal acceso al mercado, luce llena de bloques de basura que desprenden un hedor penetrante. "Es insoportable, sobre todo en las tardes", comenta Jenny Mendoza, una vecina de la zona.
"No solo es el olor, también la cantidad de ratas que vienen. Y nuestros niños tienen que pasar por aquí para ir al colegio”, agrega la madre de familia.
La basura no es el único malestar que se soporta a diario. La inseguridad también se percibe como otro problema urgente. Aunque los comerciantes formales han contratado seguridad privada para vigilar el interior del mercado, el peligro aún alarma a quienes visitan el mercado. Robos de celulares, carteras arranchadas, hurtos entre empujones. Aquí, basta un pequeño descuido para que el ladrón se lleve lo ajeno.
“¡Guarden ese teléfono, acá se lo vuelan en un segundo!”, nos alertó un carretillero cuando tomábamos unas fotos del lugar. Miramos alrededor y entendimos el mensaje: ser confiados es un peligro entre esta marea de gente. “Yo llevo más de 10 años aquí y he visto como roban celulares”, dice Luisa Ramírez, vendedora de ropa interior.
“Uno avisa a los vigilantes y te dicen que no pueden salir del perímetro que les toca. Y ni hablar de la policía, que solo vienen cuando pasa algo grave. Aquí los ladrones trabajan en grupos, uno distrae, otro jala y otro corre. Por eso andamos con el dinero guardado en la cintura”, sostiene la comerciante.
Mientras nos mantenemos alertas por su testimonio, seguimos avanzado entre puestos. La Hermelinda se divide en 24 zonas comerciales, cada una dedicada a un rubro distinto: carnes, frutas, abarrotes, pescados, ropa, calzado, entre otros. Bastó solo recorrer unos pasillos para notar la desorganización, los vendedores se colocan donde más pueden, no respetan los espacios de cada sección. Algunos puestos se extienden más allá de sus límites, los techos de calamina crujen con el viento y los plásticos improvisados apenas detienen el sol.
No hay señalización, ni mapas, ni rutas claras. El mercado, que mueve más de tres millones de soles al día, sigue operando sobre una infraestructura que no ha sido modernizada en más de veinte años. Es como si el tiempo se hubiese detenido entre carretillas y gritos de oferta.
Seguimos avanzando. Por la zona de carnes, el olor cambia y se siente la humedad. Vemos como las moscas se pasean sobre el pollo recién pelado, algunos vendedores usan trapos para espantarlas y otros ya ni se inmutan, parecen acostumbrados a ello. Por el sector de frutas continua el alboroto, el panorama se ve colorido, pero saturado de gente. Los vendedores lanzan ofertas a toda voz y con mucha rapidez, ofrecen un gajo de mandarina o una tajada de piña para tentar al cliente.
Aquí todo se mueve rápido. No hay tiempo para quedarse quieto. A los costados, los compradores se empujan para encontrar la mejor oferta y el regateo es parte de cada trato. Algunos cargan bolsas grandes, otros compran por unidad, pero todos parecen tener urgencia.
Entramos a la zona de ropa, el ambiente es diferente. Se nota un poco más de orden, los pasillos están más limpios y no hay mucha aglomeración. Los vendedores están atentos a cada cliente que se muestra interesado en las prendas, buscando, entre halagos, convencerlos de realizar la compra. Aquí, el calor del medio día ya se comienza a sentir. Los techos de calamina hacen el lugar aún más sofocante, los olores se intensifican, el ruido es ensordecedor. Queremos tomar notas, pero es imposible. La gente no se detiene, nos empuja y ni caso nos hace. El mercado La Hermelinda no es perfecto, ni limpio, ni seguro, pero es real. Y en su realidad se mueve buena parte del Trujillo que madruga, que trabaja, que lucha. Quienes vienen aquí no lo hacen por comodidad, sino porque aquí se mueve la economía del día a día. Aquí se cocina el almuerzo de muchas familias.
Al final del día, entendimos que esta crónica no trata solo de un mercado, sino de lo que significa vivir en una ciudad desigual.
La Hermelinda es el reflejo de muchas otras zonas olvidadas de Trujillo. Es una lección para nosotros como futuros periodistas, para comprender la ciudad, hay que caminarla y sentirla.



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